domingo, 31 de octubre de 2010

De lluvias, de inviernos, de ti y de mi


“Lluvias van cayendo en torno a ti también

Caen como cae azúcar al café”

-Manuel García

¿Cómo comprender que la lluvia es un hecho de la naturaleza, y no es un hecho que los poetas hacen cada día, con cada letra, cada coma, y cada punto?… ¿Cómo dejar de imaginar que la lluvia son letras cayendo desde el infinito directamente hacia mi mente? Es como perderme en el espacio con el único fin de sentarme a escribir un par de letras con y sin sentido alguno, escribir por escribir… Sin dar los motivos por lo que estoy haciendo… No vale la pena escribir por obligación, sin motivación, sin lluvia tras tus ventanas, sin puntos, sin comas que vengan a tu mente con el frío invierno que toca una y otra vez tus pulmones enfermándolos con la suave, pero brutal brisa de hielo, que te deja casi sin respiración, y con una agitada voz. Pero a quién le importa la voz, si no es necesaria en estos momentos… en este momento… en donde las palabras sobran y las letras faltan para poder escribir con un suave aroma de café, pero cargado hasta hacer explotar tus venas de la sobredosis de cafeína que estamos ingiriendo.

Y los perros, mascotas no domesticadas, si no que nos domestican a los humanos día a día hasta el punto de obligarnos a cosas, ladran y hablan entre sí interrumpiendo el torrentoso día, las perfecciones sobrenaturales que hay allá afuera. Ladran más aun cuando el cielo se vuelve obscuro y sale aquél lunar blanco que ilumina las calles, es como si aquellos les molestara… o quizás se inspiran y la única manera de escribir su poesía es ladrándole –hablándole–, viendo el sentido que tiene todo aquello que los está rodeando… Si esta mísera vida de perros que vivimos irá a parar en algún lugar de este viaje para poder disfrutar un poco el paisaje, el aroma de las flores, el aroma de la tierra cuando recién comienzan a caer los puntos y las comas que dejan caer los poetas, un aroma que me transporta a mi patria, a mi infancia, a la felicidad de vivir el momento y no pensar en las consecuencias, en subir de nuevo al tren de los recuerdos y partir hacia el destino que es tan incierto como de cuantas hormigas pasan fuera de mi puerta.

Muchas veces me reprocho las veces que he dejado llover sin sentido en mi vida, llover sin ver el arte que esconden las miradas, llover sin observar la obscuridad que se esconde en cada una de las manos de los que me rodean, de los que me miran sin observarme, de las uñas que esconden cosas bajo ellas, esconden secretos de letras, de objetos, de palabras, de lluvias, de ti y de mi… de la carne viva.

Son las tres con veintisiete minutos de la madrugada, el sol en alguna parte del mundo se encuentra regalando aquellas cosas que llaman rayos, mientras tanto en esta parte del mundo, una cálida, pero fría noche de invierno que llega a calar los huesos y hasta el intestino, me hacen pensar en ti, en los tibios que se sienten los besos bajo la lluvia y el cielo gris, en lo desierto que se ve el mar sin peces, en lo entristecedora que es la obscuridad sin compañía, en que la noche sin estrellas y sin lunas es sólo obscuridad, sin sentido alguno, sin objetivo alguno; un día sin lluvia, sin poetas, sin letras, sin estrellas, sin espejos en el suelo, sin barro por las calles, es sólo otro día de verano, en donde el sol se lleva todo lo que está a nuestro –su– paso, lo evapora, lo lleva hasta lo más alto del cielo, para que un día de invierno como éste, los poetas hagan llover nuevamente.

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